LA FRENTE ALTA, LA FRENTE TERSA
Escrito por Hernán Casciari - www.vorterix.com
Ya no quedan viejas originales
de fábrica. Quiero decir encorvadas, vestidas sin estridencia y abocadas a la
labor del punto cruz. Ya no queda ni un espécimen entrecano y silencioso, al que
nombrábamos abuela —aunque no lo fuese— cuando nos pedía ayuda
peatonal. Venga que la cruzo, abuela. Ya no queda ni una en las grandes
ciudades y en breve no las habrá tampoco en el mundo, por culpa de la mujer
actual, que, con tal de no envejecer, prefiere inyectarse botulismo.
Le dedico esta sabia reflexión
de Hernán Casciari a mi mamá, cuya cabellera es blanca desde mucho antes de
que yo la hiciera abuela sin que ella se enterara. Así como es desde hace más
de 46 años una mamá auténtica y ejemplar, así es mi mamá como abuela. Tiene
tres nietos, mi mamá. Y le negué durante años a su nieta mayor, a la que ama
como si la hubiera visto nacer. En la palabra de Casciari, este es un homenaje
a la Abuela Mabel.

Cuando los de mi edad éramos
chicos (digamos hace un cuarto de siglo) las señoras que traspasaban los
sesenta y cinco años no estaban en la pavada, como ocurre ahora.
Las viejas de
entonces poseían una especie de saber oculto, rústico y efectivo, para casi
todos los males posibles: los del cuerpo, los del corazón y los del alma.
Sabían solucionar un dolor de muelas con la ayuda de un sapo, por ejemplo,
magia que la vieja moderna ya no practica. Sabían mezclar yema de huevo, azúcar
y vino de misa para alegría de los nietos jóvenes; ahora las viejas les compran
Danoninos. Sabían, en realidad, utilizar la experiencia de los años, no las
avergonzaba el calendario.
Eran tiempos, los de mi
infancia, en que todavía podíamos ver por la calle a señoras mayores con canas.
Yo ayer estaba sacando cuentas, y hace mucho que no veo una cana verdadera, de
mujer, por ninguna parte. No sólo eso, sino que las viejas actuales vuelven de
la peluquería con colores estrambóticos: rojos zanahoria, amarillos
fluorescentes, infinitas variantes del castaño con reflejos y, desde no hace
mucho, hasta una especie de azul metalizado que las hace parecer, además de más
viejas, un poco extraterrestres o incluso borrosas; como si les hubieran
envuelto el pelo para regalo.
El gran problema es que por
culpa de ese peinado horroroso al que le llaman la permanente y que sin embargo
no les dura nada, hoy resulta casi imposible reconocer de atrás a una vieja.
Todas son iguales.
Las canas que ya no vemos
porque se esconden bajo litros de tintura cursi, los arrorrós que los
bebés de hoy no escuchan porque sus abuelas modernas están en el bingo o
estudiando en la escuela nocturna, la medicina campestre para salvar a los
demás que las abuelas de hoy han sustituido por la cirugía dermoestética para
salvarse solas, todo aquello, ha empezado a morir con esta nueva generación de
mujeres empecinadas en parecerse a una ciruela hinchada, a una caricatura de
Langer, a un hazmerreír que no hace gracia.
¿Por qué ya no tejen
escarpines, ni bordan mantillas, ni cuentan historias de aparecidos?. ¿Por qué
las abuelas de ahora, en lugar de a Gardel, escuchan a Julio Iglesias, y
algunas a su hijo Enrique? (las del pelo azul.). ¿Por qué ya no se espantan las
señoras mayores con los chistes picantes, sino que hasta son capaces de
contarlos en la sobremesa, sin gracia siempre, sólo para sacar patente de
desprejuiciadas?. ¿Por qué nuestros hijos habrán de privarse de la calidad de
las abuelas que yo tuve, y padecer en cambio a otras que prefieren divorciarse
antes que enviudar como Dios manda?.
La vejez femenina natural, en
estos tiempos, sólo crece bajo el amparo de la pobreza. Únicamente vemos el
verdadero rostro de una anciana en la mujer que no tiene el capital suficiente
para pintarse como una puerta, o para ponerse colágeno, o para
inyectarse bottox en las ojeras. Ya no es vieja la que quiere, sino
la que no puede dejar de serlo.
Estamos en camino, muy cerca ya, de que la
vejez sea sólo un síntoma inequívoco de miseria, no de sabiduría o dignidad. Ya
no les importará a estas señoras ir con la frente bien alta por la calle, pero
sí bien tersa.
Por los fragmentos que alcanzo
a oír cuando hablan entre ellas, las viejas de hoy —además— tienen
preocupaciones banales, sin sustancia y casi siempre reproducen una charla
anodina y ramplona.
Ya no saben curar el empacho, ni tirar el cuerito, ni
cantar viejos tangos irrecuperables, ni fajar con un poncho los pies de una
criatura para que duerma por la noche de un tirón.
Las viejas actuales
únicamente repiten como loros las nuevas tendencias falsas de las revistas de
la peluquería, y desean, más que ninguna otra cosa en este mundo, que nadie
sepa nunca la verdadera edad de su vejez.
Para peor, la mercadotecnia
les sigue la corriente: las telenovelas actuales ya no están confeccionadas
para la anciana venerable de ayer, que buscaba un romanticismo angelical para
pasar la tarde, sino para la vieja recauchutada de hoy, para las señoras
degeneradas que pululan en este tiempo. Ahora, las telenovelas ponen muchachos semidesnudos,
untados en aceite, en lugar del recio galán de bigote fino.
La vieja de hoy es
un monstruo alimentado por la televisión vespertina, y me temo que es poco lo
que podemos hacer para salvar a nuestros hijos de su cercanía.
Las pocas viejas sensatas que
todavía quedan (lo mismo que el koala y el ford taunus) se irán
extinguiendo en la soledad de los geriátricos y en los pueblos chicos, y sólo
quedarán estas otras, las siliconadas, las lectoras de best-sellers de quince
pesos, las sexuadas, las contemporáneas, las de los perfumes penetrantes, las
compradoras de teletienda, las que ven en sus nietos no una segunda
oportunidad, sino un dedo que las humilla o las delata.
Publicado por Eduardo
Serralunga, el 25 de julio de 2012, en guarricosas.blogspot.com
COMENTARIO
Eduardo Serralunga - miércoles,
julio 25, 2012

Nota del editor
El artículo ha sido escrito
por Hernán Casciani, en www.vorterix.com
y fue reproducido en http://guarricosas.blogspot.com.
Incluimos también, el
comentario que Eduardo ha “colgado” a la nota original porque, aunque nos
comprendan los lazos familiares, nos sumamos -¿por qué no?- a su contenido.
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