sábado, 9 de octubre de 2010

VIVIR... CON NOSTALGIA PERO CON ESPERANZA

"La melancolía es la felicidad de estar triste" (Víctor Hugo).

El año 2010, el del Bicentenario tan mentado (porque se esperaban “milagros” que superaran la realidad, con no poca fantasía), se precipita hacia su final, tan inexorable como el avance de las agujas del reloj, que no se detiene.

Hay, si se quiere (y aunque no) una suerte de frustración. La colectiva, ha ganado la calle, porque casi nadie cree en la panacea que proclaman desde la Casa Rosada. Y, por el contrario, quien más, quien menos, sufre todo lo que plantea la cruda realidad.

Es feriado largo, aunque el día que lo motiva (¿el de la Raza?) como un contrasentido más, será laborable.

Hay una mezcla: perdió Argentina, al fútbol, ante Japón, por primera vez en la historia y se derrumbó, así, la ilusión que nacía en un terreno que parece importar más de lo debido. Ya cayó Olimpo, una vez más, y van… demasiados contrastes. El sentido común (ninguna otra cosa) debería indicarle al técnico que su tiempo terminó. Pero no.

La plaza en remodelación desde demasiado tiempo atrás –la Rivadavia, claro- concentra la feria de artesanos. ¡Acontecimiento, sí!, porque congrega a los que son y a los que quieren ver qué hacen los que son. Multitudes; porque el clima ayuda. Y uno recuerda, entonces, cuánta polémica hubo, hace un par de años (¿o más?), porque quería “sacársela” de allí. Ahora, cuando el paseo está largamente en proceso de cambio, nadie dice nada. ¿Mala memoria o qué?.

Ya actualizamos este blog de los medios (Zapping), como ocurre los sábados… y escuchamos “Otra vez juntos”, con el decir inigualable de Néstor (Matoso), sobre los textos que (en la “Olivetti”, la Lexinkon 80) dibuja Atilio (Zanotta), que disimula con gesto adusto toda su imaginación… y también sus recuerdos.

Es Primavera, con pretensiones de verano, por la temperatura. Y pese a que desde siempre alentamos las esperanzas que trae esa estación, la de las flores, con el reverdecer de los mejores colores, no podemos sustraernos al fastidio que nos provocan otras cosas, las que nos alejan de aquellas vivencias que signaron nuestra vida.

Escuchamos que empieza la celebración del centenario de Olimpo, con la prueba atlética. Y no podemos sino evocar la figura de aquel Serralunga (“Lalo” o “don José”, el de la agencia de Sarmiento 38), que nos transmitió, de chicos, esa pasión inocultable por el aurinegro de todas las épocas. No podemos, tampoco, evitar no poca molestia, porque los que organizan, incumpliendo una elemental norma de respeto, se olvidaron de él, uno de los “hacedores” del Olimpo más grande, aquel que hizo tabla rasa, siempre, en el fútbol de estos lugares. El de Domingo Ighina, presidente de excelencia, sólo comparable con el mismísimo Roberto Carminatti.

Pensamos, no sin pesar, en alguno que se fue, en un octubre, pero del 2000, que fue parte de la amistad perdurable, esa que nace, para nunca más olvidar, en los primeros tiempos, aquellos de la primera juventud. Y no podemos menos, al recordar a “Rulo” (Yañez), que revivir aquellos entusiasmos (paralelos a la fe que aprendimos allí) que nos ligaron profundamente a la parroquia Santa Teresita del Niño Jesús, en la que hace pocos días, celebramos, como antes, la fiesta patronal. Y nos preguntamos, entonces, qué será de tantos que estuvieron allí y de quienes conservamos, aunque borrosas por el paso del tiempo, inolvidables imágenes.

Y se nos ocurre, entonces, propiciar, humildemente y desde esta columna, el gran homenaje, de amistad, que bien se merece José María Dobal, al que vimos “hacerse” sacerdote, para siempre, cuando se iba 1950, ¡60 años atrás!. Y rezaba él, y allí estuvimos, su primera misa en la recordada iglesia del Colegio La Inmaculada.

La rara mezcla de las nostalgias hace que prestemos atención a un archivo, delicadamente elaborado, que nos asocia con la escuela 5, la de nuestra primaria, tan cara a nuestros sentimientos, allá por finales de los ’40 y la primera mitad de los ’50. Lo recibimos hace pocas horas… y no podemos sino agradecer a quienes lo hicieron, por haber trascripto algunas de las palabras que pudimos pronunciar el pasado 18 de junio, en el día de los 125 años, de ese lugar en el que supimos hacer, como era entonces, “los primeros palotes”. Será por eso, quizás, que queremos asumir, como homenaje, el compromiso de impulsar para el futuro, el nuevo “centro de exalumnos”, para legarlo, desde los “viejos alumnos de otra época”, a los que asoman para elaborar el futuro.

Es sábado (9), casi entrada la noche, que hace más ostensible la melancolía por los tiempos que se fueron. Solamente alcanzamos a tener lugar para los recuerdos, pero intentamos resistir la tentación de abandonar la lucha y dejar de lado las ilusiones que nos mantuvieron vivos a contramano del ocaso que veíamos llegar.
En esa melange de contrasentidos, creemos ver la pequeña lucecita que quiere iluminar el porvenir. Es que si leemos que los mineros chilenos se aferran a la proximidad de “volver” a ver la luz, el cielo, no podemos eludir la posibilidad de seguir soñando. Sería imperdonable, porque aún en estos tiempos, hay quienes alimentan una tibia esperanza por el mañana.


L.M.S.

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